¿Por qué leemos más en verano?

Hay algo en el ambiente veraniego que despierta las ganas de leer. Son incontables las novelas que están hechas justo para evocar esas sensaciones de descanso y paz. Basta con buscar en Google «libros de verano» y encontraremos obras listas para disfrutar en la playa o la alberca, en nuestra cama o en un camastro, con una creciente variedad de autores que anticiparon ese fin cuando las escribieron. Se me vienen a la mente libros populares actualmente como «Aristóteles y Dante descubren los secretos del universo», o «Llámame por tu nombre», pero antes del siglo XX esto era poco común. El acceso a la lectura era algo exclusivo de la clase alta y alfabetizada, aunque ya existían novelas que auguraban lo que después se convertiría en una categoría literaria. La novela clásica de Daniel Defoe, «Robinson Crusoe» (1719), es un gran ejemplo de este ambiente veraniego, que varios siglos después conocemos como «libros de verano».

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Esta tendencia se agudizó en Estados Unidos alrededor de la década de 1870, gracias al crecimiento de la clase media, las innovaciones tecnológicas en la producción de libros, y lo más importante: las vacaciones de verano1. El aumento de los viajes a todo tipo de destinos empezó a realizarse casi exclusivamente en los meses de junio, julio y agosto, esto gracias a la promoción de las vacaciones pagadas y la masificación de los traslados de costa a costa dentro de países desarrollados como Estados Unidos o Reino Unido, pero también en destinos tropicales como México a finales del siglo XX. Esto convirtió poco a poco al verano en el momento ideal para la recreación.

Los editores de libros encontraron en este nuevo fenómeno una oportunidad para aumentar sus ventas de novelas, que se hicieron más ligeras por dentro, con historias escritas específicamente sobre y para el verano; y por fuera, con tapas blandas, portadas atractivas y un nuevo tipo de papel de pulpa de madera que hacia a los libros más baratos y portátiles. Estos esfuerzos dieron sus frutos, porque a través de todo el siglo XX las novelas se posicionaron como un placer asociado al descanso y la comodidad que la clase media ahora se podía permitir.

Le tomó milenios a la humanidad producidir literatura portátil, alfabetización y suficiente tiempo libre para disfrutar un libro.

En esta ola de libros participaron escritoras reconocidas como Blanche Willis Howard, con «One summer», y Louisa May Alcott con novelas como «Pauline’s passion and punishment», escrita bajo seudónimo, y el clásico «Little Women»2. Algunos sectores de la población se oponían a que la lectura de verano sucediera. Profetizaban una femenización del conocimiento, porque las mujeres empezaban a liderar las compras de libros, o simplemente creían que leer por diversión no era moralmente aceptable. En «Books for Idle Hours», Donna Harrington-Lueker habla de cómo un ministro religioso de Brooklyn le dijo a su congregación que creía que «hay más lectura pestífera en julio y agosto que en los otros diez meses del año»3. El término en inglés, beach reading, se volvió incluso un insulto para los autores.

A pesar de eso, esta costumbre llegaba para quedarse, y en la actualidad vemos a reconocidos escritores ambientar y publicar sus novelas en el verano, colocando en las librerías una gran variedad de historias y géneros que año tras año aprovechan la época y no se escapan de aquellas características que los definieron en el siglo pasado: ligeros, accesibles y portátiles.


1,2 «A brief history of summer reading», The New York Times (2021).
3 «Books for idle hours», Donna Harrington-Lueker. University of Massachusetts Press (2019).
4 «Summer reading has a fraught history, but if there was ever a time to delight in escapism, it’s now», Ron Charles. The Washington Post (2020).

En portada: «Summer hillside, Giverny», de Robinson Theodore (1889).

Por Jair Reyes

Estudio Relaciones Internacionales en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Escribo un blog de lectura donde comparto reseñas, noticias y artículos sobre el mundo de los libros.

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